Arborescencia del poema

Creíblemente cierto son los paralelismos que existen entre los árboles, su definición, distribución, crecimiento e incluso su clasificación,

y los poemas.

El primero es previo a toda definición y deriva de la dificultad de definir un concepto en apariencia sencillo. ¿Por dónde hay que tirar? ¿Cuáles son los criterios que podrían incluirse en la definición de árbol?

¿Y en la de poema?

DEFINICIÓN

Francis Hallé, en su libro Alegato por el árbol, plantea una serie de criterios para acabar definiendo al árbol; aquí y ahora, los aplicaremos en la medida de lo posible, a la definición de poema.

La altura sobre el suelo. Un árbol se eleva sobre el suelo a una gran altura, al margen de las raíces que pueda tener. La altura que el autor elige como referencia para determinar que sea grande es la de un ser humano. Un poema, asimismo, tiende a elevarse por encima del sustrato literal de lo real, tan cual lo percibimos los humanos, conforme a nuestros aparatos perceptivos y lo hace impelido por parecidas, y aun ampliadas, capacidades sensoperceptivas.

La verticalidad, como exigencia vital del árbol, a tal punto, que si se ven forzados a abandonarla (por un golpe de  viento o una nevada inmensa), llevan a cabo esfuerzos desesperados por enderezarse. Un poema de algún modo se construye o tiene la voluntad de crecer recto y equilibrado de igual forma, forzándose y forzando a su autor, si es que lo escucha, a enderezarlo desesperadamente.

La necesidad de un tronco que eleve su follaje buscando la luz. Un soporte con la suficiente dureza y rigidez como para elevarse y asegurar al árbol la luz suficiente para la vida. Un poema debe tener al menos un eje que le permita exactamente lo mismo: buscar la luz que permita su existencia y su máximo desarrollo.

En este punto ha de comentarse necesariamente la hermosísima tarea que llevan a cabo distintas especies arborícolas para conseguir la ansiada e indispensable rigidez de su tronco:

  • Helechos arborescentes de Nueva Zelanda consiguen la rigidez a base del conjunto de tallos y raíces. ¿Acaso no puede hacer lo propio un poema a través de la conjunción de elementos diversos, sean temáticos, semánticos, sonoros, retóricos…?
  • En las Cycas, la rigidez se debe a la gruesa capa de bases foliares. ¿No puede hacer lo mismo un poema, juntando elementos en apariencia ligeros u ornamentales, en su misma base?
  • El banano Musa en Indonesia obtiene rigidez a base de vainas foliares concéntricas. ¿Y no puede un poema utilizar el elemento concéntrico para su desarrollo?
  • La Vellozia de Brasil es rígida gracias al manto de raíces que forman su tallo. ¿No podría un poema utilizar sus elementos de fondo para apuntalar su endeble forma, dándole acaso la rigidez deseada?
  • Un Roble y un Jelutong malasio deben su rigidez a la madera muerta y viva respectivamente. No es la voluntad de este artículo guiar hasta la extenuación estos paralelismos, sino más bien abrir vasos comunicantes entre especímenes biológicamente distintos, pero bien podría decirse que existe madera muerta hecha de elementos más descriptivos, más ornamentales, aplicados a elementos del paisaje, de las cosas, exentos de afecto y elementos vivos, cuya afectividad resuena de otro modo.
  • El Cephalocereus, un cáctus arborescente mexicano, debe su rigidez a un parénquima extremadamente hidratado. ¿Hablaríamos de sentido del humor en el poema, de profusión de elementos retóricos, de sonoridad llamativa?
  • La Bauhinia y la Serjania, lianas que necesitan de un soporte en el que apoyarse y con el cual crecer, construyen su rigidez a base de enrollar unos cordones con otros como si de una cuerda se tratase. ¿Puede un poema obtener entidad a base de enrollar elementos entre sí en paralelismos autosustentantes?

La prescindible idea de que un árbol debe tener forzosamente ramas es aplicable de nuevo al poema, que puede o no estar ramificado en forma y/o fondo.

Ningún árbol tiene una vida breve si la comparamos con la duración media de la vida humana. Así, un poema que se precie está determinado en principio a perdurar, tiene esa voluntad. Otra cosa es que lo consiga.

Con estos elementos probaremos, siguiendo a Hallé, una definición de árbol:

Un árbol es una planta con una larga esperanza de vida, que posee un tronco de gran altura, se sostiene por sí mismo, es vertical, al cual su estructura y su anatomía confieren una rigidez suficiente como para elevar su follaje por encima de las plantas rivales en busca de luz; frecuentemente, pero no siempre, el tronco del árbol tiene ramas.

Los aspectos cuantitativos como altura y longevidad deben analizarse respecto a la persona humana.

Y de poema:

Un poema es una creación anhelante de una larga esperanza de vida, que posee un tronco de altura variable, se sostiene por sí mismo, es vertical, al cual su estructura y sus elementos anatómicos confieren una rigidez suficiente como para elevarlo en busca de luz; frecuentemente, pero no siempre, el tronco del poema tiene ramas.

Los aspectos cuantitativos como altura y longevidad deben analizarse respecto a la persona humana, lo cual no es moco de pavo, pero de momento y a la espera de mayores cotas de transhumanismo, es lo que hay.

DISTRIBUCIÓN

Dice Paul Valéry (Dialogue de l’arbre, 1945): 

Era el ser más grande y bello bajo los cielos cuando, acaso intuyendo que su vida de árbol solo se debía a su crecimiento y que solo vivía para hacerse más grande, se apoderó de él una especie de locura, plena de desenfreno y arborescencia…

Así, la arborescencia terráquea dicta que a medida que disminuye la latitud y por tanto que nos adentramos en las regiones tropicales (entre los 30 grados de latitud sur y los 30 grados de latitud norte), las hierbas, que pueblan mayoritariamente las regiones templadas y frías del planeta (entre los 30 grados de latitud norte y sur y los polos, o latitud 90), ceden abrumadoramente el paso a los árboles. La botánica tropical explica este fenómeno arborescente en términos de lo temible que es alejarse del ecuador, abandonando un mundo de estabilidad, una estabilidad cálida, húmeda y luminosa, propicia para la vida vegetal, exponiéndose primero a estaciones secas cada vez más largas y después a inviernos cada vez más duros. Es decir, que o bien nos movemos un poco más al sur para poemizar como Dios manda, con la arborescencia, potencia y plenitud debidas, o bien reproducimos en nuestros entornos ese clima de calidez, humedad y luminosidad que produce grandes árboles, o aceptamos la hipótesis de que solo las circunstancias adversas producen o pueden producir grandes poemas. En fin, cada cual es dueño de reservar la cuota de paraíso apetecida y desde aquí no se puede decir más.

CRECIMIENTO

Sería rendirse a la elegancia en detrimento del rigor, creer que el columpio que cuelga de la rama más baja estará más alto con el tiempo, no, un árbol no crece así, tampoco un poema, como un gusano sale de su agujero o el dentífrico de su tubo.

El crecimiento del árbol, como el poema, se produce en las ramas nuevas que cada primavera le van saliendo. De ninguna manera las hojas caen y vuelven a surgir en el mismo punto. Solo las ramas nuevas darán lugar a yemas nuevas, a nuevas hojas y frutos nuevos. Esto sucede a veces demasiado alto para que podamos comprobarlo con facilidad, pero si la copa en primavera se cubre de nuevas hojas es solo a la vez que la misma crece.

CLASIFICACIÓN

Los tipos biológicos de las plantas se distribuyen de manera escalonada a lo largo de una compleja serie. Teniendo en cuenta su volumen y peso crecientes, la serie sería esta:

Hierbas: tallos que no han desarrollado estructuras leñosas endurecidas. Su consistencia es blanda y pueden o no estar ramificadas. Pueden vivir varias temporadas, secándose incluso y volviendo a brotar en primavera.

Matas: plantas de tallo leñoso de 1 metro de altura y cuya ramificación empieza a nivel de tierra.

Arbustos: arbustos de 1 a 5 metros de altura.

Árboles: ya sabemos.

Clasificación que bien pudiera aplicarse a los distintos tipos generales de poemas, aludir a su grado de madurez, a su temática más o menos ramificada, a su consistencia y solidez o incluso, si alguien lo pretendiera, a su fiabilidad a través del tiempo, a su perdurabilidad.

MÁS

Los árboles, igual que los poemas, tienen su retórica, y así, por ejemplo, acumulan unidades reiteradas, es decir unidades arquitectónicas que se repiten de forma aliterada. Tienen sus paralelismos, sus contrastes, su hermetismo, su sentido de universo pertinaz, su circunstancialidad incluso. Pero, sobre todo, aluden y cumplen incansables un sentido ancestral, procesado desde siempre y virtuoso en sí mismo. Cumplen su sentido como cualquier poema bien quisiera para sí.

Los árboles son productores de un arte en el que la autoría carece de importancia, dejando a la intemperie todo ego, todo deseo que no esté al servicio de la conmoción o la belleza. Como cualquier poema. Bien quisiera. Para sí.

El último, es un principio conocido y trágico a la vez que controla la existencia de todos los sistemas complejos. Como el árbol. Como el poema. Y afirma que la construcción es un proceso lento, que se desarrolla en pasos muy pequeños, mientras que a la destrucción le basta con un instante para ser efectiva. Ningún árbol se libra de este pecado, tampoco ningún poema. Así, ambos comparten desde mundos filogenéticos distintos, su tránsito por el filo equilibradísimo y mínimo de un buen cuchillo.

Francis, H. (2019). Alegato por el árbol. Bilbao: Libros del Jata.
Valéry, P. (1945). Dialogue de l’arbre. París: Gallimard.

Jimena Cid
Consejo editorial agua

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