Aforismo: lo posible fragmentado

Define la RAE Aforismo como “Máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte”, entrando en esta definición varias acepciones que, considero, están fuera de ese lugar anacrónico y pequeño que supone el aforismo. Valga este artículo para tratar de compartir este lugar de encuentro que es el pensamiento breve, la imagen que truca el concepto y lo desentiende.

Como sentencia puede sobrevivir poco un género que se desdice y dice, contestatario y que
encuentra en el oxímoron un terreno fértil de hallazgos. Igual que sucede con la palabra pauta, entiendo que el aforismo en todo caso es un contrasentido de indicaciones circulares que inventan laberintos absolutos, donde la duda y el acierto conviven prolijamente.

El aforismo es, dentro de la literatura, una criatura breve, pequeña, pero que, pese a su escasez de mancha, su frase corta, su espacio diminuto en comparación a las grandes obras literarias, posee la fuerza de un imperio, la verdad de una vida, la claridad depurada de una posible cara de esta inexistente realidad.

Decir aforismo es decir dosis de asombro en breve placer.

No es decir conocimiento, pero es decir conocimiento; no es decir axioma, pero es desdecir y afirmar axiomas; no es destilar el humor en pequeñas onzas dulces y en cambio es reinventar la carcajada de quien mira raro y, por tanto, mira bien y mira nuevo.

Describir el aforismo final e irremediablemente es caer en su jugo, en su juego, en su giro, dar
volteretas al lenguaje, buscar mirar afuera desde ojos nuevos que ponen su hallazgo en las cosas, como detector de metales, encontrar las dobleces y contradicciones, deslavazar conceptos y nutrirlos a todos ellos de una voluntad que se mantiene frente al paso del tiempo.

Por eso el límite entre lo aforístico y lo meramente anecdótico, entre el acierto o su falso positivo, entiende mucho de fogonazo que reposa, obligando a sacar de su edificio varias frases que al final se revelan así, como frases sin magia, como sintaxis sin vuelo (he ahí la frase breve de corte digital que en la selección del propio autor y el poso del tiempo jamás se confirmará negro sobre blanco).

Porque si una cosa hace el aforismo es volar, volarnos, ampliarnos, contestarse, movilizar.
En cada autor es un matiz, como una receta perfecta donde hay un ingrediente único y secreto de cada cocinero que remata en un sabor, en una textura, en una identidad. Así, como las croquetas que aceptan cada invento, cada tacto y divergen en múltiples empanados y conjuros, con un sabor concreto en cada bar, el aforismo tiene en sí múltiples facetas, múltiples saberes, múltiples direcciones que significan en cada uno el valor de sus ingredientes y que, por tanto, reciben tantos nombres como cocineros hay, siendo sujetos propios.

Colinda y cruza con otros breves bichos de la literatura como son el refranero español, los adagios, los apotegmas, los haikus, la microficción, los epigramas y de todos ellos tiene algo sin ser a su vez narración, sin ser enseñanza, ni moralidad, ni constatación de la naturaleza sin movimiento, ni únicamente humor: y a la vez siendo todo ello.

No es voluntad de este texto categorizar o aceptar, dentro de sus fronteras difusas, las posibles
formas de mirar, nos rendimos a ese vértigo taxonómico que decía Georges Perec. La literatura y especialmente el aforismo es un animal que no se deja enjaular por el límite de la definición, por lo que queremos, más bien, acercaros a la fascinación extensísima que nos produce. Si bien
compartimos las maneras de arder (con toda la versatilidad que de cambiante tiene la llama) que establece Carmen Camacho en la necesaria antología Fuegos de palabras, y así entresacamos entre otros: el aforismo metafórico (ojo que piensa), el aforismo visual o de observación (instantáneas sin analogía), el aforismo metafísico (cruce de caminos entre lo poético y lo metafísico), aquel que observa desde lo estético o artístico, y el dulcísimo y apasionante antiaforismo (que nos hace salivar desde el apropiacionismo y el juego, una reasignación de lo existente).

Con esta carta de colores y con todas las figuras literarias haciendo travesuras y desacostumbrando al lenguaje, difícil es quedarnos en la definición primera, la de sentencia y máxima, la de pauta, pues de pautar, nos pauta un infinito rizomático.

Compartimos pues, varios sucesos así, de estos que hacemos en llamar aforismos, para que los
padezcan.

Disfruten el banquete del asombro.

Juan Ramón Jiménez (1881-1958)
– Las ideas también sus paisajes.
– Ladra el perro a su sombra y le responde el eco.
– Sin duda alguna, doctor Marañón, tengo una glándula que segrega infinito.

Ramón Gómez de la Serna (1888-1963)
– El pitido del tren solo sirve para sembrar de melancolía los campos.
– En el agua bebemos recuerdos de paisaje.
– La leche es sueño batido.

José Bergamín (1895-1983)
– La lógica es un esqueleto que no espera resurrección.
– ¡Desdichado de mí que soy luz! -dice el gusano-.
¡Desdichada de mí que soy gusano! -responde la luz-.
– La piel del Diablo es un mapamundi internacional: la corteza amarga del mundo.

José Camón Aznar (1898-1979)
– La mujer tiene instinto de hiedra.
– Cuando el hombre llora, su rostro cae sobre sus manos.
– En la piel amarga del hombre, el perro lame siempre una llaga.

Enrique Jardiel Poncela (1901-1952)
– Tener fe es como masticar sin dientes.
– La ilusión es el error poetizado.
– La embriaguez es el altavoz del carácter.

Max Aub (1903-1972)
– Criar piedras.
– Escribir es ir descubriendo lo que se quiere decir.
– Los muertos, si son de calidad, retoñan siempre.

Miguel Hernández (1910-1942)
– Está el espejo lleno de vacío pidiendo la criatura.
– La carne no se da por terminada.
– ¡Ay qué sabor a madre cuando pronuncio tierra!

Carlos Edmundo de Ory (1923-2010)
– El hombre herido de muerte al nacer se hospitaliza en el mundo.
– Los hambrientos de absoluto comen nieve.
– El hombre se imperfecciona cada vez más.

Dionisia García (1929)
– Los objetos nos pueblan, igual que nuestros años.
– Si el poema no alumbra, mejor dejarlo apagado.
– Al encadenado le sabe la boca a hierro.

Ramón Eder (1952)
– La épica de la vida cotidiana nos convierte en héroes con bonobús.
– Los hijos de las madres muy hermosas son siempre melancólicos.
– Silenciosamente crecen los árboles como gigantes buenos.

Fernando Menéndez (1953)
– Es más pesada la sombra de la tarde que la de la mañana.
– El corazón: nido precario.
– Los timbres suspiran querencias.

Andrés Trapiello (1953)
– Silencio rima con todo.
– Decimos sinsabores, y son bien amargos.
– En todas las esquinas hay algo que todavía no ha sucedido, y eso las vuelve metafísicas.

Carlos Marzal (1961)
– Descalzo, todo se vuelve carne.
– La conciencia desarrolla su óxido y su verdín.
– Una convicción es una intuición calcificada: un fósil.

Lorenzo Oliván (1968)
– Qué gran paternidad la de los árboles, que saben darles a cada una de sus ramas un camino
hacia la luz.
– Me gusta equivocarme cuando los demás aciertan. Mi yerro es otra forma de verdad más
mía.
– Avanzar como la serpiente: haciendo complementarios los extremos.

Isabel Mellado (1967)
– Crecemos para que nos quepa más música dentro.
– Al leer confundo certezas con cerezas. Las segundas son más absolutas.
– Hoy tengo las manos afónicas.

Rafael Gonzalo Verdugo (1969)
– Seleccionamos olvidos.
– El futuro y el pasado son contemporáneos.
– El instinto es la educación de los milenios.

Juan Varo Zafra (1969)
– Las cosas no pasan: se amontonan.
– No se puede ser un “poco” trágico.
– Mi opinión es pequeña, pero no modesta: ya crecerá.

Camilo de Ory (1970)
– El tibio sucedáneo de la dignidad que se ha dado en llamar compostura.
– Conmovedora la insistencia de la lluvia.
– Los finales infelices son menos finales.

Carmen Camacho (1976)
– Se le olvidó la realidad de tanto ver telediarios.
– ¿En qué inviertes tus latidos?
– La tristeza tiene costumbres de abismo.

Andrés Neuman (1977)
– Todo es mestizo, el absoluto también.
– El pasado también transcurre.
– La discreta nostalgia de lo que no sucedió.

Erika Martínez (1979)
– Soy lo que está al alcance de una mano.
– Una autobiografía es un escondite muy sofisticado.
– Detrás de cada conclusión hay algo roto.

La selección de la mayoría de los aforismos está hallada en las antologías Fuego de Palabras y Pensar por lo breve.

Camacho, C. (2018). Fuegos de palabras. El aforismo poético español de los siglos XX y XIX (1900-2014). Fundación José Manuel Lara: Vandalia.
González, J.R. (2013). Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos. Antología (1980- 2012): Ediciones Trea.

Andrea López Montero
Consejo editorial agua

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