El puente vertical

UNA APROXIMACIÓN AL SÍMBOLO

“Llamo símbolo a toda estructura de significación en la que el sentido directo, primario y literal designa, por añadidura, otro sentido indirecto, secundario y figurado, que no se puede captar sino a través del primero”
Paul Ricouer.

EL UNIVERSO SIMBÓLICO

El ser humano ha ido conformando desde su origen un universo simbólico, un territorio a medio camino entre lo objetual y lo conceptual, como respuesta a la necesidad de trascendencia y a la búsqueda de sentido a su existencia. De este modo, ha susurrado su particularidad como individuo y su cultura concreta en aras de propagarse como ser en lo universal.

Esta dimensión simbólica nos es propia y exclusiva y permite otorgar un sentido a la realidad que nos rodea. Dar forma y comprender aquello que nos inquieta o mueve nuestros anhelos.

El símbolo remite, evoca o alude a un concepto abstracto que trasciende el sentido original del objeto que designa, y lo hace sin suprimir ni borrar a este; a veces sumando y, en ocasiones, disidiendo del objeto. Produciendo así una ambivalencia del símbolo y concentrando una enorme carga significativa1.

Se trata de un puente entre la realidad objetual o material y el mundo conceptual de la abstracción. Esta ligazón se sustenta en la analogía entre los dos elementos que se hallan en una situación de correspondencia entre sí, una relación de iconicidad, es decir donde existe una semejanza entre el signo y su objeto. Es la parte visible y sensible del símbolo la que nos conduce al lugar de lo no visible, de lo ausente y de lo, en ocasiones, imperceptible.

La etimología de la palabra símbolo 2 nos traslada este concepto de enlace o puente del que hablamos.

Símbolo, 1611, lat. Symbŏlum. Tom. del gr. sýmbolon íd. Deriv. De symbállō ˝yo junto, hago coincidir˝  (y éste de bállō ˝yo lanzo˝).
DERIV. Simbólico S. XVII. Simbolismo; simbolista. Simbolizar.

Una característica fundamental de los símbolos es su universalidad. Como recoge Eduardo Cirlot en su magnífico Diccionario de Símbolos, estos se conforman a partir del contacto con el mundo físico y son vehículos universales pues han trascendido la historia y han sido compartidos por culturas diversas en tiempos y espacios alejados entre sí. Algo que ha quedado constatado al encontrar coincidencias de significado en símbolos como el disco, la mano o el nudo en culturas tan dispares como la egipcia, la hindú o la inglesa.3

Se trata pues de un elemento universal en su encuentro de sentido entre tradiciones dispares, algunas distantes en el tiempo y también en el espacio.

Son muchos los autores que han abordado desde diferentes áreas del conocimiento el estudio de los símbolos y su función: Mircea Eliade, Ernst Jung o el antropólogo Clifford Geertz por poner algún ejemplo. La alquimia, la psicología, la religión, la filosofía, la antropología o la literatura han sido algunas de las ciencias o disciplinas que han profundizado en el conocimiento de lo simbólico.

EL SÍMBOLO COMO FIGURA LITERARIA

En la poesía la dimensión simbólica es esencial para crear sentido, pues es con el símbolo con el que podemos alcanzar las mayores cotas de polisemia ya que manifiesta un sentido y puede ser portador de muchos otros al mismo tiempo. 

Además, tal y como señala Gilbert Durand, existe en él un doble imperialismo  -del significante y del significado- que constituye la flexibilidad del símbolo:

“El término significante, el único conocido concretamente, remite por «extensión», digámoslo así, a todo tipo de «cualidades» no representables, hasta llegar a la antinomia. Es así como el signo simbólico «fuego» aglutina los sentidos divergentes y antinómicos de «fuego purificador », «fuego sexual», «fuego demoníaco e infernal». Pero, paralelamente, el término significado, en el mejor de los casos solo concebible, pero no representable, se difunde por todo el universo concreto: mineral, vegetal, astral, humano, «cósmico», «onírico », o «poético». De esta manera, lo «sagrado», o la «divinidad», puede ser significado por cualquier cosa: un alto peñasco, un árbol enorme, un águila una serpiente, un planeta, una encarnación humana como Jesús, Buda o Krishna, o incluso por la atracción de la Infancia que perdura en nosotros.” 4

El símbolo es una figura literaria perteneciente al plano semántico como lo es la metáfora o la alegoría.  Si bien, en el símbolo no se menciona ni el término real ni el imaginario, se presenta un término no hermético cuyo sentido no es fruto de la imaginación personal del poeta sino que subyace en la cultura colectiva. El símbolo no sustituye la palabra, de ella misma emerge un concepto que suma, añade o, incluso, disiente del objeto que designa.

Queremos recoger también la definición de Demetrio Estébanez Calderón5 :

Símbolo. Es un signo cuya presencia evoca otra realidad sugerida o representada por él: p. e., el olivo representa en la cultura mediterránea la idea de paz; esta misma idea la sugiere la paloma en la cultura bíblica; olivo y paloma son símbolos de paz. En la Retórica clásica el símbolo es un tropo que, al igual que la metáfora, la metonimia o la alegoría, consiste en la sustitución de una palabra por otra, con la correspondiente traslación de significado.

Señalaremos ahora algunas de las diferencias establecidas por diversos autores entre el símbolo y el resto de figuras literarias que desplazan o trasladan el sentido. Fue con el Romanticismo cuando se estableció claramente esta distancia entre el símbolo y la alegoría como señaló Goethe:  “La alegoría transforma el fenómeno en un concepto; el concepto, en una imagen, pero de suerte que aún tenga y retenga  el concepto limitado y completo en la imagen y en ella se declare. La simbólica transforma el fenómeno en idea, y la idea en una imagen, más de suerte que la idea siga siendo en la imagen infinitamente activa e inasequible, y aún expresada en todas las lenguas se mantenga inexpresable.”

También el filósofo Paul Ricouer recogió esta oposición formulada por Goethe destacando la relación motivada que existe en el símbolo entre la representación y lo representado, frente al carácter arbitrario y convencional de otro tipo de tropos.

El símbolo remite al mundo conceptual de la abstracción y no tanto al universo de lo contemplativo. Cierto es que el símbolo produce también emociones conscientes aunque quizás no tanto por sugerencia o asociación como hace la metáfora sino más bien por su propia esencia, un carácter universal que posee más allá del texto, de la cultura y del momento histórico en que es convocado.

La metáfora, además, se construye o se crea en el propio texto literario mientras que el símbolo preexiste a la obra literaria aunque en ella adquiera nuevas dimensiones. El símbolo, como señala Cirlot: “se contrapone a lo existencial: además de la existencia concreta del poema remite a lo esencial y no tanto a la existencia”.  Lo esencial del símbolo no es su interpretación en una situación dada sino su intelección6.

También el poeta irlandés Yeats distingue entre la metáfora y el símbolo poniendo énfasis en la potencia polisémica de este, aunque considera que la metáfora podrá tornarse en símbolo por un proceso de complejización y profundización semántica.

La poética del símbolo ha sido especialmente desarrollada por el Romanticismo y las contribuciones de Goethe, en particular, han sido clave para la definición del símbolo; ideas que después recogerá el movimiento simbolista francés a mitad del s. XIX con Valery y Mallarmé como alguno de sus máximos exponentes. Esto sin obviar, por supuesto, antecedentes como el misticismo o  el neoplatonismo medieval.7

El movimiento simbolista francés rompe con el pensamiento lógico y racional del positivismo imperante  y establece la necesidad de utilizar un lenguaje que pueda plasmar la experiencia subjetiva del poeta a través de nuevas formas expresivas. 

El poeta busca analogías desde el pensamiento poético entre lo que percibe a través de los sentidos y otros niveles de realidad, y lo expresa utilizando símbolos para así alcanzar una comunicación universal.

Algunas de las claves de la estética simbolista francesa están recogidas en este poema que funciona como una poética del movimiento: Correspondencias de Charles Baudelaire, uno de los precursores del simbolismo. 

Además de este soneto compartimos otros dos poemas: Soy animal de fondo de Juan Ramón Jiménez y  Árbol adentro de Octavio Paz. 

Textos que os animamos a recorrer y cruzar todos sus puentes.

CORRESPONDENCIAS
Charles Baudelaire
Las flores del mal (1857)

La natura es un templo donde vivos pilares
dejan salir a veces sus confusas palabras;
por allí pasa el hombre entre bosques de símbolos
que lo observan atentos con familiar mirada.

Como muy largos ecos de lejos confundidos
en una tenebrosa y profunda unidad,
vasta como la noche, como la claridad,
perfumes y colores y sones se responden.

Hay perfumes tan frescos como carnes de niños,
dulces como el oboe, verdes como praderas,
y hay otros corrompidos, ricos y triunfantes,

que la expansión poseen de cosas infinitas,
como el almizcle, el ámbar, el benjuí y el incienso,
que cantan los transportes del alma y los sentidos.

SOY ANIMAL DE FONDO
Juan Ramón Jiménez
Animal de fondo (1949)

“En el fondo de aire” (dije) “estoy”,(dije) “
soy animal de fondo de aire” (sobre tierra),
ahora sobre mar; pasado, como el aire, por un sol
que es carbón allá arriba, mi fuera, y me ilumina
con su carbón el ámbito segundo destinado.

Pero tú, dios, también estás en este fondo
y a esta luz ves, venida de otro astro;
tú estás y eres
lo grande y lo pequeño que yo soy,
en una proporción que es ésta mía,
infinita hacia un fondo que es el pozo sagrado de mí mismo.

Y en este pozo estabas antes tú
con la flor, con la golondrina, el toro
y el agua; con la aurora
en un llegar carmín de vida renovada;
con el poniente, en un huir de oro de gloria.
En este pozo diario estabas tú conmigo,
conmigo niño, jóven, mayor, y yo me ahogaba
sin saberte, me ahogaba sin pensar en ti.
Este pozo que era, sólo y nada más ni menos,
que el centro de la tierra y de su vida. 

Y tú eras en el pozo májico el destino
de todos los destinos de la sensualidad hermosa
que sabe que el gozar en plenitud
de conciencia amadora,
es la virtud mayor que nos trasciende

Lo eras para hacerme pensar que tú eras tú,
para hacerme sentir que yo era tú,
para hacerme gozar que tú eras yo,
para hacerme gritar que yo era yo
en el fondo de aire en donde estoy,
donde soy animal de fondo de aire
con alas que no vuelan en el aire,
que vuelan en la luz de la conciencia
mayor que todo el sueño
de eternidades e infinitos

que están después, sin más que ahora yo, del aire.

ÁRBOL ADENTRO
Octavio Paz
Árbol adentro (1987)

Creció en mi frente un árbol.
Creció hacia dentro.
Sus raíces son venas,
nervios sus ramas,
sus confusos follajes pensamientos.
Tus miradas lo encienden
y sus frutos de sombras
son naranjas de sangre,
son granadas de lumbre.
Amanece
en la noche del cuerpo.
Allá adentro, en mi frente,
el árbol habla.
Acércate, ¿lo oyes?

Notas:
1 “[…] Un árbol se convierte en sagrado, sin dejar de ser árbol, en virtud del poder que manifiesta; […]”. Eliade, M. (1954): Tratado de historia de las religiones. Madrid: Instituto de Estudios Políticos, en Cirlot, J. E. (1992): Diccionario de símbolos. Barcelona: Editorial Siruela (p. 29).
2 Corominas, J. (1967). Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Madrid: Editorial Gredos.
3 […] Así, el disco es, en sí, un símbolo dado, que podrá admitir significaciones secundarias, o “concomitantes”, según corresponda a un rosetón de una catedral gótica, a un clípeo antiguo, a un centro de mandala o a la planta de un edificio […]”. Cirlot, J. E. (1992): Diccionario de símbolos. Barcelona: Editorial Siruela (p. 10).
4 Durand, G. (1968). La imaginación simbólica. Buenos Aires: Amorrortu editores. 
5 Estévanez Calderón, D. (1996). Diccionario de términos literarios. Madrid: Alianza editorial.
6 “[…] pues, para nosotros, lo esencial es la capta-don, la identificación cultural del símbolo, su intelección en sí mismo, no su “interpretación” a la luz de una situación dada. […]”. Cirlot, J. E. (1992): Diccionario de símbolos. Barcelona: Editorial Siruela (Prólogo a la segunda edición).
7 “[…] Son los románticos, en definitiva, quienes hacen virtualmente estallar la hasta entonces más reducida circunscripción del concepto, abriéndolo hacia una perspectiva de resonancias prodigiosas y privilegiándolo como supremo medio estético. Esto sin ignorar aquellos antecedentes (los de la especulación mística y el neoplatonismo medieval, en particular) que el Romanticismo tuvo también en cuenta al elaborar su concepción de símbolo. […]”. Lojo, M. R. (1997). El símbolo: poéticas, teorías, metatextos. Universidad  Nacional Autónoma de México (p. 4).

Cirlot, J. E. (2018). Diccionario de símbolos. Barcelona: Editorial Siruela.
Corominas, J. (1967). Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Madrid: Editorial Gredos.
Chevalier, J. (1968). Diccionario de los símbolos. Barcelona: Editorial Herder.
García Peña, L. L. (2012). Nociones esenciales para el análisis de símbolos en los textos literarios. 452ºF. Revista electrónica de teoría de la literatura y literatura comparada, 6, 124-138.
Durand, G. (1968). La imaginación simbólica. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Lojo, M. R. (1997). El símbolo: poéticas, teorías, metatextos. Universidad  Nacional Autónoma de México.

Marisa Bello
Consejo editorial agua

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